lunes, 7 de mayo de 2007

Neoliberalismo, Nacionalismo Económico y Cultura en América Latina

Andrés Solimano*
Mayo 4, 2007

América Latina vive tiempos difíciles. La complacencia de la década de los 90 que la región había finalmente encontrado una feliz combinación de democracia política y economía de mercado como vía para alcanzar la prosperidad, la estabilidad y el desarrollo ya es casi cosa del pasado. El cuestionamiento no es tanto a la democracia, la que sin duda adolece de problemas de representación, flexibilidad y transparencia sino mas bien de la viabilidad del modelo económico imperante. También hay una dimensión cultural subyacente.
La evidencia empírica acumulada sobre el desempeño económico y social de la región en los últimos 15 a 20 años muestra que el crecimiento económico ha sido esquivo, con una tasa promedio cercana al 3 por ciento anual (en dicho periodo China ha crecido a cerca del 9 por ciento anual y otras economías dinámicas de Asia y Europa del este cerca del 7 por ciento anual). La pobreza actualmente es cerca del 38 por ciento de la población es decir más de 200 millones de personas y la desigualdad de ingresos y riquezas es persistentemente alta. Los principales logros de las políticas de la última década en la región se han realizado en la reducción de la inflación, mejoramiento fiscal y apertura al comercio internacional. El desempeño económico, con sus aciertos y carencias, sin embargo ha ido creando una situación de insatisfacción en América Latina. Lo anterior se ha reflejado en la elección de varios presidentes en Bolivia, Ecuador, Nicaragua, y Venezuela sobre una plataforma anti-sistema con cuestionamiento del modelo económico neoliberal. En otros países como Uruguay, Brasil, Chile, Perú el electorado ha preferido la opción social demócrata de centro-izquierda. Alternativas de centro derecha ganaron las elecciones presidenciales en Colombia y Méjico, pero en elecciones en que resultaron fortalecidas las opciones contestatarias de izquierda de ambos países.
El modelo neoliberal.
La mayoría de los países de América Latina ha implementado en los últimas dos décadas, con variaciones nacionales, el Consenso de Washington o modelo neoliberal. Este enfoque recomienda la adopción de un paquete económico centrado en políticas de estabilización macroeconómica, apertura externa, liberalización de mercados y privatizaciones que conducirían a elevar el ritmo de crecimiento económico y a traer prosperidad a los países que la aplicaban. En retrospectiva, si bien esta estrategia contenía elementos necesarios para un manejo económico adecuado como la necesidad de la estabilización macroeconómica y la apertura externa en un mundo crecientemente globalizado, era una estrategia limitada tanto en sus objetivos como en sus instrumentos. Un problema fundamental del consenso de Washington fue la subestimación de al menos tres condiciones previas necesarias para realizar transformaciones económicas de alta complejidad: (a) contar con una capacidad institucional con capacidad de ejecución que le impidiera ser paralizada por la presión de grupos de interés; (b) que en América Latina la estructura social es caracterizada por una alta desigualdad de ingresos y riquezas, lo que genera conflicto social y (c) que culturalmente la región latinoamericana, como otras, tiende a ser resistente a la formación de sociedades muy orientadas al mercado al entrar en contradicción con los valores sociales predominantes que se identifican mas abajo. Para superar algunas de estas insuficiencias las mismas instituciones que promovieron el consenso de Washington (Banco Mundial, FMI, BID) y autores afines plantearon adoptar “reformas de segunda y tercera generación” que otorgaban mas énfasis a aspectos institucionales y de equidad social. Independiente de la validez de alguna de estas propuestas, el intento desde dentro de “reformar las reformas” adolece de dos limitaciones: (a) las nuevas reformas se conciben como secuencias o modificaciones de un modelo básicamente correcto; (b) su credibilidad es limitada al ser visto demasiado cercano a las políticas que supuestamente se quiere reformar.
El nacionalismo económico como respuesta al neo-liberalismo.
En América Latina se ha desarrollado en algunos países una contra-respuesta al modelo de liberalización, privatización y desregulación de mercado que podemos llamar, a falta de un mejor término, como “nacionalismo económico”. Este modelo surge en países que tienen riquezas naturales significativas como petróleo en Venezuela y Ecuador y los hidrocarburos en Bolivia. En este contexto, el nacionalismo económico es reticente a la inversión extranjera en el área de recursos naturales (y probablemente en otras también) y prefiere que estos sean explotados por el estado. El modelo además busca su exportación a otros países de América Latina con estructuras económicas similares (abundancia de recursos naturales); en su dimensión regional el modelo es además (valga la posible contradicción), “internacionalista y solidario”; en esta dimensión por ejemplo Venezuela ofrece generosa ayuda económica a otros países (principalmente Bolivia, Argentina, Ecuador y Cuba) a través de programas de venta, en condiciones favorables, de petróleo, de asociaciones con empresas estatales nacionales y a través de la compra de deuda externa en países altamente endeudados como Ecuador y Argentina. Por otra parte el modelo otorga una alta prioridad a los objetivos sociales (no siempre bien definidos) cuyo logro estaría financiado con excedentes de la explotación de los recursos naturales. Políticamente estos modelos han ido acompañados de intentos re-fundacionales del sistema democrático a través de asambleas constituyentes.
Aspectos culturales de los modelos económicos.
El tercer tema de este artículo se refiere a la dimensión cultural de estos modelos económicos. Pensadores de distintas vertientes han abordado la relación entre cultura y desarrollo económico. Max Weber destacaba la importancia de la ética protestante (que premiaba el ahorro, el trabajo y la riqueza) como un factor clave en facilitar el desarrollo del capitalismo; además de incentivos económicos, la transición de un sistema feudal y tradicionalista al capitalismo, necesitaba una se necesitaba una estructura de valores funcional a las necesidades de acumulación de capital y cambio tecnológico y social acelerado que traía el nuevo orden económico naciente. Es interesante notar que América Latina es predominantemente católica y no protestante. A nivel analítico Max Weber postulaba una causalidad que iba desde los valores al sistema económico. En contraste, Karl Marx antes postuló una causalidad inversa: era la estructura económica y las relaciones de producción las que determinan, en gran medida, las ideas, creencias y valores de la sociedad; este concepto sin embargo fue desafiado, dentro de la misma tradición marxista, por el italiano Antonio Gramsci quien creó el concepto de “hegemonía cultural” al que atribuyo una gran importancia para mantener la legitimidad de cualquier sistema económico-social , incluso mas allá de las formas tradicionales de poder político. Desde otras perspectivas, Daniel Bell y Karl Polyani postulaban que la religión y los valores eran claves para moderar las tendencias de una sociedad estructurada en torno a los valores del mercado los que visualizaban como afectando la cohesión social y los valores tradicionales que dan estabilidad a cualquier sociedad. Este tema ha estado siempre presente en el pensamiento social de la iglesia católica que históricamente ha desconfiado de las consecuencias morales del capitalismo por sus efectos disruptivos sobre los valores al enaltecer la búsqueda de lucro, el individualismo y la auto-realización vía el consumo material. Es interesante y sintomático destacar que los reformadores modernos omitieron absolutamente consideraciones de este tipo en el diseño de las reformas económicas. La critica al modelo económico neoliberal no solo es producto de sus resultados no muy satisfactorios en la esfera económica. Además se percibe una cierta “incomodidad cultural” con varias dimensiones del modelo. Se puede identificar cuatro de estas dimensiones: (i) la persistencia de una considerable desigualdad de ingresos y riqueza la que choca con nociones básicas de igualdad social ampliamente arraigadas en el imaginario social, (ii) el fomento del consumismo con endeudamiento y el afán de lucro lo que es contradictorio con las enseñanzas de la iglesia católica sobre el materialismo, esto en un continente predominantemente católico, (iii) el tema de la corrupción que es obviamente incompatible con distintos códigos ético y moral y (iv) la ampliación del mercado a áreas sociales tradicionalmente reservadas al sector publico como educación, salud y previsión en que el motivo del lucro domina a la lógica de entrega de servicios y de protección social valuados por la población independiente de la capacidad de pagos de las personas. Es importante ampliar la discusión de los modelos de desarrollo y las estrategias abiertas para América Latina a su dimensión cultural.


*; Economista y Magíster en Economía de la Universidad Católica de Chile. Doctor en Economía del MIT, EE.UU, Asesor Regional de CEPAL.
http//: asolimano.blogspot.cl


Lecturas sugeridas.

Daniel Bell (1976) The Cultural Contradictions of Capitalism. Basic Books.

Karl Marx and Friedrich Engels (1979). El Manifiesto Comunista. Editorial Progreso.

Karl Polanyi (1944) The Great Transformation. The Political and Economic Origins of Our Time. Beacon Press.

Max Weber (1905[2001]) The Protestant Ethic and the Spirit of Capitalism. London: Routledge Classic.

Stiglitz, J. (2002) Globalization and its Discontents, W.W.Norton &Co.

Kuczynski, P.P and J. Williamson (2003) After the Washington Consensus. Restoring Growth and Reform in Latin America. Institute of International Economics.

Solimano, A. and M. Pollack (2006) La Mesa Coja. Prosperidad y Desigualdad en el Chile Democrático. Colección CIGLOB, Santiago.

Solimano, A. (2000), editor, Desigualdad Social. Valores, Crecimiento y el Estado. Fondo de Cultura Económico, Méjico, DF.